La historia de Gloria parece sacada de una novela… pero es totalmente real.
“Jamás pensé que sería yo contando esto. Pero lo que me pasó fue tan vergonzoso, tan doloroso y tan transformador que todavía me cuesta creerlo.
Todo ocurrió en el matrimonio de mi hija. Un día que debía ser puro amor… terminó siendo la herida más grande a mi autoestima.
El fotógrafo llamaba a los familiares para la foto oficial. Me mira, luego mira a mi hija, y delante de todos suelta:
‘Señora… necesito a la mamá de la novia, no a la abuela.’
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Mi hija me apretó la mano mientras las lágrimas se le acumulaban en los ojos.
‘Ella es mi mamá’, dijo casi sin voz.
Quedé congelada. Pasé el resto de la boda evitando cámaras, escondiéndome en el baño para que nadie viera que estaba llorando.
Cuando llegamos al hotel, me paré frente al espejo. Ahí, bajo la luz del baño, vi la verdadera razón de aquella confusión: mi cara había envejecido más rápido de lo que yo quería aceptar.
El cansancio de cuidar a mi esposo, las jornadas eternas de trabajo y la menopausia habían dejado huella: líneas profundas, ojeras marcadas, pliegues alrededor de la boca, flacidez… ya no reconocía mi propio rostro.
Me veía fácilmente diez o quince años mayor. Y por primera vez, alguien lo había dicho en público.
Pasé semanas sin poder ver una sola foto de ese día.
Busqué ayuda: visité tres cirujanos plásticos. Todos coincidieron en el mismo diagnóstico: un paquete completo de cirugías y rellenos por más de 74 millones de pesos y un mes y medio de recuperación. Era un golpe imposible para mi bolsillo.
Hasta que la amiga de universidad de mi hija me llamó y me dijo:
‘Gloria, necesito mostrarte algo que te va a cambiar la vida.’”